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Bienvenido a la surrealidad.

07 diciembre, 2014

Ojalá que siempre -nos- queramos más.

El momento de volver a empezar.
De tener un sustrato que no esté lleno de siglos de masacre e hipocresía, que no se desmorone al intentar levantarnos de las caídas mortales que intentamos negar.
Un aire que no esté impregnado de falsedad e injusticia.
Un sol que ilumine hasta el rincón más oscuro de nuestros pensamientos.
Un futuro ni blanco ni negro, en escalas de grises, intercalados con destellos de colores ansiosos por vivir.

Poder andar sin precipitarnos en los vacíos que dejan las miradas malgastadas, dejar de ahogarnos en las lágrimas de momentos en los que creímos que la autodestrucción era la mejor -tal vez, la única- solución, en la tinta volátil de las cartas que yacen en el cajón de los "lo haré mañana". De las cosas verdaderamente importantes, sí, esas de las cuales nos hemos olvidado.

Y es que ojalá las cosas fuesen tan fáciles. Ojalá fuesen como bajar la persiana para que el sol no te moleste y poder dormir más.
Ojalá como apartar la vista cuando los rayos no te dejan ver.
Como cerrar los ojos y sonreír cuando todo lo que ves te hace infeliz.

Ojalá todo fuese como amar indefinidamente, sin medida e innumerables veces.
Ojalá taparse y desaparecer cuando hace un frío que te ve temblar.
Ojalá no tener que decir nunca ojalá.
Ojalá la muerte no estuviese esperándonos en cada parpadeo y supiéramos hacia dónde mirar.

Ojalá no tener que decir nunca ojalá.
Y ojalá poder seguir diciéndolo.

Ojalá nunca haya que dejar de soñar y, sí, ojalá que siempre haya algo por lo que luchar.
Ojalá que nunca nos conformemos, que siempre -nos- queramos más.