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Bienvenido a la surrealidad.

05 octubre, 2015

Elegía en prosa a los no pertenecientes.


Así como el asfalto reconoce las gotas de lluvia, así como la nieve nuestras pisadas, así como el cristal los dibujos de vaho sin sentido; más o menos así nos recordamos.
Vagamente, naturalmente, discreta y eficazmente.
Como recitar los versos de nuestro poema favorito, como nuestro propio nombre, como encontrar el pijama bajo la almohada, como despertar cada mañana y como pisar las hojas de cada octubre.
Usuales, predecibles e inmortales.


¿Quién recuerda los barcos que no se han hundido?
Las mejores historias se cuentan con lágrimas en los ojos y vacíos en las manos,  los mejores recuerdos se forjan con experiencias de las peores heridas sufridas; y dices que ahora... que venga lo que sea. 
Me dices que nos marchemos, que logremos estar tan lejos el uno del otro que ni podamos mirar la misma luna, que no sepamos cuándo se nos está mojando la cara porque, aunque no podamos evitar salir cuando hay tormenta... ya ni nuestra lluvia será la misma.
Tan, tan lejos que, siempre que queramos volver, siempre sea demasiado tarde.


Cada domingo que tengamos libre después de hacer el caos, cada domingo lo mismo, aullarle a la luna, jurándole cada noche que desapareceremos y la dejaremos atrás... que se vaya preparando.
Pero nunca nos atrevemos.
Nunca el valor para marcharse desequilibra la balanza, nunca nuestros gritos ahogados se escuchan más allá de nuestras neuróticas almas.


La parte que viene a continuación es nuestra favorita.
Cuando decimos al unísono que deseamos abandonar nuestro cuerpo, alma y mente; y, al mismo tiempo, que ojalá nunca dejemos de ser nosotros.
Que ojalá nuestras contradicciones más desquiciantes estén siempre a la orden del día y que la imposibilidad de tener una sola línea de pensamiento nos acabe consumiendo.
También... también morimos, a veces.
También nos cuestionamos seriamente -a carcajadas- si lo que vemos es real o tan sólo un producto de nuestra cruel imaginación; si tal vez estamos viviendo en círculos viciosos; si quizás debemos simplemente confundirnos con nuestra incomprensible inmensidad y aceptar lo que hace siglos sabemos.
En ocasiones nos aburrimos y negamos verdades universales, porque las odiamos casi tanto como odiamos esta historia, porque las verdades no existen, porque son más o menos como nosotros.
En ocasiones dejamos de usar metáforas y nos convertimos en seres literales que pesan en la espalda, que te dejan heridas infectadas en el cielo de la boca, que te originan la angustia vital de encontrarte.


Al final siempre nos gusta acabar de la misma manera en la que comenzamos.
Preguntándonos cómo es posible ser tan corrosivos y no explotar en nuestra imposibilidad para contactar con nadie más.
Preguntándonos por qué no hemos hecho nada para ser seres estables.
Preguntándonos... "¿y si no amanece?"  
¿Y si eso que nos inspira, de repente, nos corta la respiración?
Sí,  nos gusta preguntarnos por qué aún no nos hemos hundido, nos gusta preguntarnos por qué nadie recuerda los barcos que han sobrevivido y, más aún, los que han vivido.
Nos gusta recordar que, si nadie te recuerda, no existes.
Nos gusta recordarnos que nada es tan difícil, que ya nos hemos olvidado antes.
Personalmente, me gusta recordar que, para mí sigues siendo canción de cuna y elegía a todas mis caídas; sigues siendo el destino al que escaparme para perderme y así encontrarte y encontrarme, sigues siendo todo lo que se es y no se olvida 
Sí, nos gusta ser cada día más irrefutables y más contradictorios.


Pero lo que más,
más, nos gusta... es saber que no existimos.
Y que nunca,
nunca, vamos a dejar de ser.