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Bienvenido a la surrealidad.

17 noviembre, 2015

No sé cómo empezar a describir la manera en la que te siento. En la que me siento.
Creo que voy a empezar por personificarte, esa silueta ensombrecida, siempre susurrando tras mi cuello.
De veras te digo que no sé cómo explicar esta angustia vital, este permanente y usual estado al que me enfrento día tras día, año tras año, vida tras vida.
Este ser porque soy tú y que seas sólo si yo soy.

Nos he llamado historia del eterno retorno suicida.
Veamos... Se trata de un tren. Voy montada en un tren de un sólo vagón y un sólo asiento para un solo pasajero.
El tren suele parar en muchos sitios, dejándome tiempo para bajar, observar el paisaje, enamorarme, echar raíces. Luego se marcha, sin avisar, y hay tres reglas.
La primera y más importante, debo marchar con el tren cada vez que él lo haga.
La segunda regla es que nunca podré llevar compañía.
La tercera regla es que jamás el tren regresará al mismo sitio dos veces.
Puedo seguir las reglas o puedo tirarme a las vías y morir.
Elegí seguir las reglas.
No me preguntéis por qué. Tú -yo- sabes por qué.

Tú,
invisible y mortífera realidad.
Capitana de mi barco a la deriva,
maquinista de mi tren suicida.

Yo,
inservible y patética soledad.
Polizón de este barco sin destino,
emprendiendo un viaje sin sentido.

Te juro que no te estaba buscando,
pero supongo que siempre has estado entre líneas.
En el siguiente semáforo,
en la humedad consecuente de mis lluvias internas.

A veces ese susurro se vuelve inteligible. Mi nombre...
tan real cuando me necesitas,
tan inservible si no estás,
tan trémulo como siempre.

Y es que así se enamora la sonrisa de la herida
así se entiende el dolor como esencial
así soy porque tú eres
y estoy si tú estás.

Y nos damos cuenta, como conclusión,
de que no hay capitán ni tripulación,
que no hay maquinista ni viaje.
Que sólo estoy yo, y tú, que llevamos el mismo traje.

Así que, sí, silueta ensombrecida, barco a la deriva y tren suicida; pese a las heridas, a los intentos de huida, pese a la muerte y a la vida, pese a querer echar por tierra las reglas y tirarme a las vías: jamás dejes de ser.
Jamás dejes de ser y yo jamás dejaré de querer regresar a ese tren.