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Bienvenido a la surrealidad.

28 marzo, 2016

Me dijo que sus ojos no podrían brillar eternamente.

Su risa no podría ser el eco de cada una de las risas del mundo.
Su voz dejaría de hacer temblar al más bardo de los hombres.
Su forma de observar la vida se convertiría en el tópico de todos los poemas actuales.
Sus miradas dejarían de ganar todas las contiendas.
Sus cuentos utópicos serían realidades aplastantes.
Sus dibujos de grandes héroes -vencedores y vencidos- sin sentido, a trazos torpes... caerían de mi pared, sin más

Mis labios, erróneamente plasmados en un papel -pero con qué dulzura debió hacerlo...-, suplicándole cada noche desde la mesa que no se diera por vencido.
Mi mirada incesante, recorriéndole las heridas, intentando desesperadamente curarlas todas.

Me dijo que sería totalmente libre, que se desprendería de todas las cadenas que le agarraban a un destino fatal e infeliz.
Me dijo que la llama pronto iba a desaparecer -su fuego se expandiría hasta arrasarle en su totalidad-.
Me dijo que el viento lo arrastraría todo.
Me dijo que mis muros volverían a formarse, que no tenía sentido seguir esperando alguna brecha por la que respirarme.
Me dijo que algún día me agotaría, que sentiría miedo.

Y lo hice, tuve miedo.
Qué idiota habría sido no tenerlo.
Qué idiota habría sido y qué idiota fui al no tenerlo desde el principio.

No miedo a la muerte.
No a la destrucción.
No a la soledad ni a la desesperación.
No al olvido ni a la intrascendencia.
No.
Miedo a la libertad, a su libertad.